Tlajomulco en 1689. Primera parte.

Por Octavio Guevara

En esta ocasión hablaremos de Tlajomulco como una jurisdicción eclesiástica, ese vasto territorio que comprendía pueblos de indios, estancias, haciendas, etc. Gran parte de lo que conocemos sobre el pasado de esta demarcación se lo debemos a las descripciones, con distintos fines, que las autoridades civiles y religiosas realizaban con mucho esmero (al menos en esta ocasión, así es). Para el historiador y el curioso lector, una descripción valiosa pude convertirse en el punto de partida para numerosas investigaciones, o bien puede enriquecerlas, como consecuencia de las rarezas o interrogantes que el contenido brinda.
En esta ocasión, presentamos un documento del siglo XVII: un padrón de habitantes de la ‘‘Doctrina de S. Antonio de Tlaxomulco’’, que se conserva en el Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara, con fecha 6 de mayo de 1689. Este padrón fue elaborado por Fr. Francisco Barrenas y obedece a un mandato de sus superiores: un año antes, de parte del Obispo de Guadalajara D. Juan de Santiago de León Garabito, obedeciendo a los mandatos del Rey de España, se solicita al encargado de dicha Doctrina que de cuenta de iglesias, cajas reales, obvenciones; formule un padrón de los feligreses; registre lugares, pilas bautismales, distancia de la cabecera, descripción del terreno, número de feligreses, educación y enseñanza, entre otras cosas.
Demos inicio a la descripción que envió Fr. Francisco Barrena: en esta entrega conoceremos la administración espiritual a los pueblos y haciendas. La administración estaba a cargo de ‘‘la Provincia Santa de Xalisco del Sagrado Orden de Nuestro Seráfico P. San Francisco’’, Tlajomulco era el pueblo cabecera de esta Doctrina. Atendía a los pueblos de Santa Cruz, San Agustín, Santa Ana Tistac (Santa Anita), San Sebastián el Grande, Cuyutlán, San Lucas, San Juan y Cajititlán; las ‘‘labores’’ (el concepto de ‘‘hacienda’’ varía) de los Padres de San Agustín y los de San Juan de Dios, la del Bachiller Bartolomé de Robles, la de D. Pedro de Robles, la de Da. Juana de Angulo viuda de Robles, la de los herederos de D. Diego de Robles y la hacienda y labor de Alonzo Vidal. Como observamos, la movilización de los religiosos era pesada, muy laboriosa tarea. Por cierto, vemos que para entonces Cuexcomatitlán no era reconocido como un pueblo de indios ni se mencionaba iglesia, y menos un hospital, en el lugar.
Había en esta jurisdicción 3 pilas bautismales, nueve iglesias (una en cada pueblo), ocho hospitales, nueve fiestas de patrones y titulares de los mencionados pueblos, más ‘‘nueve de la Virgen con nueve aniversarios’’. En el pueblo de Tlajomulco había tres cofradías (Santísimo Sacramento, La Concepción y de las Ánimas del Purgatorio); se festejaba a los titulares de sus cuatro barrios. Estas fiestas se celebraban ‘‘cantadas, [con] procesión, misa cantada con toda solemnidad, con diácono y subdiácono’’, lo mismo para los hospitales y cofradías, y al siguiente día se celebraban matrimonios, bautismos, o incluso los entierros.

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