Sociedad autodestructiva

Por Víctor Hugo Ornelas

De manera frecuente, ante situaciones que nos vulneran como sociedad, tenemos la tendencia a lanzar críticas y responsabilizar a los entes públicos por esas desgracias y aunque es muy probable que tengamos razón en hacerlo, también es verdad que muchas ocasiones omitimos incluirnos a nosotros mismos en esos juicios.
Durante la noche de este 31 de octubre, cientos de personas se convirtieron en víctimas de la conducta de grupos de jóvenes qué creen que lanzar piedras contra unidades de transporte público es divertido o forma parte de alguna estúpida tradición relacionada con la noche de brujas.
Personas que habían trabajado todo el día y se disponían a acudir a sus hogares ya sea para descansar, pasar tiempo con la familia o cenar, se tuvieron que trasladar amontonados en unidades de seguridad pública o pagar cantidades de dinero que no tenían contemplado para cubrir la cuota del taxi cuyos operadores probablemente poco saben de la Revolución Industrial, pero aplicaron a la protección, la ley de la oferta y la demanda, pues dispararon sus precios ante la necesidad de la población.
Lo más probable es que entre todos los afectados de esa noche se encuentren familiares de toda esa bola de jóvenes que no se dan cuenta que su diversión genera una serie de problemas cuyas consecuencias inmediatas se registran al momento en que cometen esos actos que se pueden calificar como vandálicos, pero a largo plazo, hieren de manera más profunda a una sociedad como la nuestra donde los valores cada vez son más escasos.
A mediados del mes de octubre fueron asesinadas cinco personas en condición de indigencia, un hecho que por sí solo ya es aberrante, pero al buscar respuestas sobre quién sería el autor de semejantes crímenes, también surgieron algunas preguntas como el porqué una persona llega a ésta condición de vida en la calle y la respuesta es el cuestionamiento no sé si sea igual o más triste que los asesinatos.
Investigadores revelaron que el grueso de la población de indigentes en la ciudad, padecen alguna enfermedad mental, pero llegaron a la calle porque fueron abandonados por sus familiares. Así como se escucha, en determinado momento ha habido quienes suben al coche a una persona de su propia sangre, conducen hacia un lugar desconocido, los hacen descender del vehículo y se alejan para continuar con su vida ya liberados de una persona que nació bajo condiciones que ni siquiera entiende; los abandonan cómo lo hacen con los perros que al igual que estas personas, lo único que esperan de la gente con quién viven es amor.
Así de descompuesta se encuentra la sociedad en la que nos hemos convertido, una sociedad invadida por personas que anteponen la comodidad y el interés personal a la cordialidad, el respeto, la consideración, la compasión, el amor y el remordimiento; elementos que se supone, serían en la esencia del ser humano, aquellas características que lo separan del resto de los animales.
Evidentemente no toda la población tiene este tipo de conductas, sin embargo hay expresiones menores de ellas que se han apoderado de la cotidianidad, y eso, convierte la convivencia social en un pleito constante entre nosotros mismos, donde cada uno parece sostener una lucha para ganar el espacio en el carril por el cual circulan, para lograr colarse en una fila y hacer menos tiempo para ingresar a determinado lugar, donde hay gente que deliberadamente toma cosas que no le pertenecen y la única noción que tienen para destacar, es pasar por encima de los demás.
Sociedad y gobierno no hemos entendido que antes de hablar de pueblos mágicos, de presumirnos como una capital de innovación; antes de compararnos con el mundo y presumir la grandeza de un Estado o cualquiera de sus municipios, debemos poner los pies en la tierra y preocuparnos por cosas tan sencillas como la formación cívica como un eje central de la conducta social.
No nos podemos permitir continuar con una conducta destructiva, nociva, tenemos que entender que lo que hacemos puede influir de buena o mala manera en el colectivo y hasta el momento parecemos concentrarnos, o al menos restar importancia a este tema.
Somos el País donde la gente esconde cuerpos en viviendas de interés social, donde los cuerpos de las víctimas de violencia se apilan en la caja de un tráiler que pasea por la ciudad, un País en donde los policías entregan ciudadanos a integrantes de la delincuencia organizada y los políticos lo permiten, una entidad en la que matan al menos cinco personas por jornada y todavía tenemos la desfachatez y el descaro de meterle el píe al vecino, tirarle piedras a los camiones y complicar la vida a los demás, de verás, que poca madre.

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