INFANTA MUERTE

Por Octavio Guevara

El mes de noviembre inicia con una serie de celebraciones culturales y religiosas en torno a la muerte. Desde el día primero se le colocaron ofrendas para los “angelitos” y en la cabecera municipal, la Universidad de Guadalajara mediante su plantel que imparte bachillerato en la Preparatoria Regional de Tlajomulco, hizo una serie de eventos en torno a la celebración de los difuntos, dedicando los altares de muertos a los líderes estudiantiles del movimiento del 68.
Los eventos en torno al Día de Muertos cada 1 y 2 de noviembre, son patrimonio cultural inmaterial según la UNESCO, pues se combinan elementos de la cultura prehispánica y la religión católica, por lo que con el tiempo ha generado expresiones populares que han hecho de esta época del año una de las más especiales en un país donde la muerte se vive de una manera única.
Conforme a la sabiduría de nuestros antepasados mexicanos se creía que al morir se abrían cuatro destinos de acuerdo a como fuera nuestra muerte o hubiera sido nuestra forma de vivir, estos son: El lugar del árbol amamantador, paraíso del Dios del agua, camino del sol y lugar de muertos.
En esta ocasión solo hablaremos del lugar del Árbol Amamantador (Chichihuacauhco), según el escritor colombiano Samuel Aun Weor: “La doctrina secreta de Anáhuac enseña que existen trece cielos, y afirma solemnemente que en el más alto de éstos viven las almas de los niños que fallecen antes de tener uso de razón”.
Los trece cielos de Anáhuac, se refiere a las 13 regiones del universo, que comprenden las siete dimensiones básicas: 1 Físico, 2. Vital, 3. Astral, 4. Mental, 5. Causal, 6. Conciencia, 7. Ser, más las tres regiones correspondientes a la triada divina: Padre, hijo y espíritu santo y los tres aspectos del absoluto.
Los niños que morían antes de tener uso de razón se refiere a los iniciados, quienes han logrado reconquistar la inocencia perdida; a los maestros iluminados que han disuelto totalmente toda posibilidad de sueño de la conciencia, que han logrado la más absoluta perfección interna. Es obvio que ellos han logrado el derecho de vivir en las regiones de la más absoluta felicidad.
El escritor de Tlajomulco  Francisco Sánchez Flores, utilizó la muerte infantil como uno de sus principales temas de inspiración. En el libro “La vida y la muerte entre los tlajomulcas”, publicado en 1956, ganador del Premio Jalisco en Literatura y primer número de la Biblioteca de Autores Jaliscienses, publicó el relato sobre la muerte del hijo de Adolfo, donde describe la forma de despedir a los niños, como se hace hasta nuestros días en esta localidad:
“Ya Adolfo terminó el altarcito para el entierro: es una mesa improvisada en andas, con un poste en el centro y carrizos unidos en las cuatro esquinas, formando nervaduras de bóveda; todo lleno de flores y con manteles de papel de China picado”.
En la revista literaria ET CAETERA que tuvo una vigencia de 1950-1988 en la ciudad de Guadalajara, publicó el cuento titulado “La hermanita muerta”, en el número 30, correspondiente a los mese de abril-junio de 1961, en el tomo I, Primera época, pp.122-124, donde retoma el ritual fúnebre de que se utiliza en Tlajomulco para la conocida como muerte niña.

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