VIOLENCIA E INSEGURIDAD

Tiempo de contar…

“Me opongo a la violencia porque cuando aparece para hacer bien, el bien solo es temporal; el mal que hace es permanente”. -Mahatma Gandhi-

Tiempo de contar…

“Me opongo a la violencia porque cuando aparece para hacer bien, el bien solo es temporal; el mal que hace es permanente”. -Mahatma Gandhi-

VIOLENCIA E INSEGURIDAD

El próximo domingo tomaran protesta e iniciaran funciones los gobiernos municipales electos en el pasado proceso electoral. Estos enfrentaran tres tipos de problemas: los que hereda de sus antecesores, las broncas imprevistas que encuentra durante el ejercicio del poder y los autosabotajes, esos conflictos generados por los efectos colaterales de las propias decisiones de los que se dicen y se sienten mandamases municipales. Pero de eso les contaré en otra ocasión, hoy tocaré un tema muy contado en todos los medios y que yo no me puede sustraer del mismo: la violencia e inseguridad que se vive en el país y de la que nuestro municipio no es ajeno.
Casi ninguna persona –excepto los políticos que traen guaruras pagados por el pueblo– se salvan de haber sufrir el lado más brutal y siniestro de nuestro país: la grave y terrorífica violencia que se vive todos los días en México. Esa violencia va de la mano con la percepción de inseguridad en la que el país está envuelto. Se trata de dos realidades relacionadas entre sí que se retroalimentan de tal manera que dan forma a una parte del imaginario colectivo. El tremendo incremento de delitos es innegable, al tiempo que crece la perturbación social y miedo compartido sobre esta situación.
Cierto que la violencia no afloja en este sufrido México. El primer semestre del 2018 vuelve a marcar una nueva cima sangrienta en el país. Además de asesinatos, feminicidios, robos, secuestros y extorsiones repuntan durante este periodo.
México cerró 2017 como el año más violento de su historia reciente –los registros federales homologados arrancaron en 1997–, superando el techo de asesinatos marcado en 2011, el epicentro de la llamada guerra contra el narco impulsada por el entonces presidente usurpador Felipe Calderón. De continuar la tendencia proyectada hasta ahora durante los últimos seis meses de este año, 2018 marcaría un nuevo hito violento en el país.
El año en curso es considerado por especialistas como el más violento de las últimas dos décadas. Los delitos de alto impacto son la normalidad en el México de hoy, mientras que desde hace tiempo nuestro país enfrenta una situación de violencia e inseguridad que el Estado no ha podido contener. Los gobiernos municipales, estatales y federal, ya sea por complicidad u omisión, están rebasados en su intento de neutralizar –no digamos acabar–este fenómeno que amenaza la estabilidad social.
Aunado a ello, de forma paralela existe una percepción de inseguridad generalizada. Según el INEGI, una abrumadora mayoría asume como inseguro su entorno inmediato, sus medios de transporte y los espacios públicos en los que se desenvuelve. Esta situación, aun cuando pudiera entenderse como un mero constructo social, tiene justificaciones firmes en la realidad.
La Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU), que levanta trimestralmente el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), reporta en su ronda de junio que casi 8 de cada 10 personas adultas considera que vivir en su ciudad es inseguro. Esta percepción se elevó en comparación con los indicadores de 2016/17. La sensación de inseguridad es permanente en el tiempo y a lo largo de la geografía nacional.
Lamentablemente México es hoy un país muy inseguro. Aquí la aplicación de la ley queda a deber, mientras aquellos que deben impartirla se resisten a transformar desde sus entrañas las prácticas que sumieron al sistema judicial en la profunda corrupción de la que se le ha buscado rescatar en los últimos años.
El problema de fondo no es la percepción de inseguridad, sino una realidad de violencia, horror y miedo que se impone todos los días y ante la cual las autoridades de todos los niveles de gobierno, así como el sistema judicial, tienen una deuda inestimable. El reto, entonces, no es solo político, de políticas, sistémico o de procedimientos, sino también cultural, por lo que la sociedad civil tiene que implicarse de lleno en este entorno.
Excluir a la inseguridad y la violencia de la discusión pública no ha sido la solución, como tampoco lo son las explicaciones oficiales que intentan promover la percepción de seguridad pública. El camino hacia un país en el que impera el Estado de derecho requiere que las instituciones, los gobernantes, los grupos de interés y la sociedad civil asuman sus responsabilidades; implica una coordinación profunda entre todos ellos en aras de que impere la ley. Más allá de percepciones, sin seguridad no hay futuro para los individuos, para la democracia. OJO: hay estudios que dicen que la inseguridad, la violencia y la corrupción no son los principales problemas de México, sino la desigualdad que es generadora de aquellas. De eso le cuento luego.
Bien lo dice el pacifista, político, pensador y abogado hinduista indio Mahatma Gandhi: “Me opongo a la violencia porque cuando aparece para hacer bien, el bien solo es temporal; el mal que hace es permanente”.

El próximo domingo tomaran protesta e iniciaran funciones los gobiernos municipales electos en el pasado proceso electoral. Estos enfrentaran tres tipos de problemas: los que hereda de sus antecesores, las broncas imprevistas que encuentra durante el ejercicio del poder y los autosabotajes, esos conflictos generados por los efectos colaterales de las propias decisiones de los que se dicen y se sienten mandamases municipales. Pero de eso les contaré en otra ocasión, hoy tocaré un tema muy contado en todos los medios y que yo no me puede sustraer del mismo: la violencia e inseguridad que se vive en el país y de la que nuestro municipio no es ajeno.
Casi ninguna persona –excepto los políticos que traen guaruras pagados por el pueblo– se salvan de haber sufrir el lado más brutal y siniestro de nuestro país: la grave y terrorífica violencia que se vive todos los días en México. Esa violencia va de la mano con la percepción de inseguridad en la que el país está envuelto. Se trata de dos realidades relacionadas entre sí que se retroalimentan de tal manera que dan forma a una parte del imaginario colectivo. El tremendo incremento de delitos es innegable, al tiempo que crece la perturbación social y miedo compartido sobre esta situación.
Cierto que la violencia no afloja en este sufrido México. El primer semestre del 2018 vuelve a marcar una nueva cima sangrienta en el país. Además de asesinatos, feminicidios, robos, secuestros y extorsiones repuntan durante este periodo.
México cerró 2017 como el año más violento de su historia reciente –los registros federales homologados arrancaron en 1997–, superando el techo de asesinatos marcado en 2011, el epicentro de la llamada guerra contra el narco impulsada por el entonces presidente usurpador Felipe Calderón. De continuar la tendencia proyectada hasta ahora durante los últimos seis meses de este año, 2018 marcaría un nuevo hito violento en el país.
El año en curso es considerado por especialistas como el más violento de las últimas dos décadas. Los delitos de alto impacto son la normalidad en el México de hoy, mientras que desde hace tiempo nuestro país enfrenta una situación de violencia e inseguridad que el Estado no ha podido contener. Los gobiernos municipales, estatales y federal, ya sea por complicidad u omisión, están rebasados en su intento de neutralizar –no digamos acabar–este fenómeno que amenaza la estabilidad social.
Aunado a ello, de forma paralela existe una percepción de inseguridad generalizada. Según el INEGI, una abrumadora mayoría asume como inseguro su entorno inmediato, sus medios de transporte y los espacios públicos en los que se desenvuelve. Esta situación, aun cuando pudiera entenderse como un mero constructo social, tiene justificaciones firmes en la realidad.
La Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU), que levanta trimestralmente el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), reporta en su ronda de junio que casi 8 de cada 10 personas adultas considera que vivir en su ciudad es inseguro. Esta percepción se elevó en comparación con los indicadores de 2016/17. La sensación de inseguridad es permanente en el tiempo y a lo largo de la geografía nacional.
Lamentablemente México es hoy un país muy inseguro. Aquí la aplicación de la ley queda a deber, mientras aquellos que deben impartirla se resisten a transformar desde sus entrañas las prácticas que sumieron al sistema judicial en la profunda corrupción de la que se le ha buscado rescatar en los últimos años.
El problema de fondo no es la percepción de inseguridad, sino una realidad de violencia, horror y miedo que se impone todos los días y ante la cual las autoridades de todos los niveles de gobierno, así como el sistema judicial, tienen una deuda inestimable. El reto, entonces, no es solo político, de políticas, sistémico o de procedimientos, sino también cultural, por lo que la sociedad civil tiene que implicarse de lleno en este entorno.
Excluir a la inseguridad y la violencia de la discusión pública no ha sido la solución, como tampoco lo son las explicaciones oficiales que intentan promover la percepción de seguridad pública. El camino hacia un país en el que impera el Estado de derecho requiere que las instituciones, los gobernantes, los grupos de interés y la sociedad civil asuman sus responsabilidades; implica una coordinación profunda entre todos ellos en aras de que impere la ley. Más allá de percepciones, sin seguridad no hay futuro para los individuos, para la democracia. OJO: hay estudios que dicen que la inseguridad, la violencia y la corrupción no son los principales problemas de México, sino la desigualdad que es generadora de aquellas. De eso le cuento luego.
Bien lo dice el pacifista, político, pensador y abogado hinduista indio Mahatma Gandhi: “Me opongo a la violencia porque cuando aparece para hacer bien, el bien solo es temporal; el mal que hace es permanente”.

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