Ahora lo que sigue es el rescate de fraccionamientos

Por Víctor Hugo Ornelas

Miles de personas que comienzan una vida en familia, que recién contrajeron matrimonio o que parecen conejos y se reproducen cada primavera, apuestan a endeudarse gran parte de su vida, es decir, 20 o 30 años para adquirir una vivienda y empezar a conformar su patrimonio.
Sin embargo, lo que ocurre en la realidad es muy distinto a lo que cada uno de ellos planeó. Y no solo porque la vivienda comience a agrietarse, se filtre el agua, su patio mida cuatro metros cuadrados y solo tenga dos pequeñas recámaras amontonadas a un costado de lo que debe utilizarse como sala y comedor.
A esto le acompaña el hecho de que el fraccionamiento carece de una correcta prestación de servicios públicos, se registran robos a casa habitación, hay vandalismo y el ineficiente servicio de transporte colectivo no les garantiza la adecuada movilidad para trasladarse de una manera digna a sus escuelas o trabajos.
Lo anterior se ha ido normalizando, las inmobiliarias que pueden ofrecer contar con abasto de agua o tener una escuela cercana al conjunto habitacional que tienen en venta, lo presumen como si fuera un beneficio extra cuando esto debería ser el común denominador de cualquier proyecto de desarrollo urbano.
Si bien esta administración realmente se metió al tema de poner un tope para detener ese crecimiento desmedido y evitar la creación de proyectos que a la larga se convertirían en la pesadilla para la autoridad municipal y sobre todo una odisea de dificultades para quienes los pudieran habitar, la realidad es que el daño ya estaba hecho, fueron casi dos décadas en que Tlajomulco vio nacer un fraccionamiento tras otro y las consecuencias las padecemos día con día.
Dentro de todas esas consecuencias existe una que rebasa cualquier nivel antes visto, hay casas de interés social que están siendo utilizadas como fosas clandestinas para depositar cadáveres de seres humanos.
El enunciado parece sacado de una novela de terror que raya en la fantasía, pero no, no es literatura, es la realidad, hay viviendas que fueron construidas para convertirse en el hogar de una familia y contrario a eso hoy las vemos convertidas en panteones de la delincuencia organizada.
Hay casas que se han convertido en depósitos de combustible robado, en donde se vende gasolina como si se tratara de un producto en una tienda de abarrotes. Estos laberintos habitacionales de miles de viviendas han resultado ser el escenario ideal para realizar en ellas decenas de cosas que no tienen que ver en absoluto con el propósito para el cual fueron creadas.
Si bien las políticas para detener el crecimiento inmobiliario desmedido han sido un buen paso para cambiar la realidad de Tlajomulco, ya es necesario dar el paso siguiente y ese es establecer acciones que puedan propiciar el rescate de los fraccionamientos y conjuntos habitacionales en los que abundan las casas abandonadas.
Lo que sigue es convertir estos lugares en espacios dignos para la gente, en un lugar seguro, cómodo, reconfortante para las familias, un espacio en el que les guste vivir y no en el que habiten porque no hay de otra. Lo que se necesita es comenzar a rescatar uno a uno estos conjuntos habitacionales y entonces darle otro sentido a un municipio que durante años fue golpeado por la voracidad de empresarios inmobiliarios y gobiernos omisos; quién lo haga, que le pongan un monumento junto al General Zúñiga, porque habrá logrado lo que nadie hace no solo en Jalisco, en todo el País.

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