LOS “HIDALGOS” EN TLAJOMULCO

Por Octavio Guevara

La comisión de Celebraciones Tradicionales del Gobierno de Tlajomulco, dignamente representada por el Regidor Salvador Gómez de Dios, además de haber “vuelto a dar vida al edificio que durante años albergó a la presidencia municipal”, como él mismo lo señaló en su discurso en honor a la gesta heroica de Chapultepec el día de ayer, con la reinauguración del asta monumental y la compra de una nueva bandera para la misma, se dio a la tarea de rescatar una de las tradiciones de mayor arraigo en torno a los festejos patrios, que al parecer habían desaparecido: Los “Hidalgos”.
Además de haber conseguido una de las litografías más importantes del Padre de la Patria, que se imprimieron por motivo del 150 aniversario luctuoso (1961), colocará cuatros altares a Hidalgo en los siguientes puntos: Ocampo esquina Porfirio Díaz, Pedro Salcido esquina Alcalde, Escobedo esquina Alcalde y Ocampo esquina Escobedo, para terminar en el puente Hidalgo que se encuentra en la calle Ocampo entre Constitución y Escobedo.
La visita de los Hidalgos fue promovida precisamente en aquel aniversario luctuoso y consiste en llevar música por la calles de altar a altar, esta ocasión inicia a las 7:00 a.m. en la esquina de las Señoritas Parra frente al molino (Ocampo y Porfirio Díaz), para terminar en el puente con una ofrenda floral, guardia de honor y una de las semblanzas más bellas jamás escritas como lo es la de el escritor José Martí, de la cual les presento a continuación un fragmento:
“México tenía mujeres y hombres valerosos, que no eran muchos, pero valían por muchos: media docena de hombres y una mujer preparaban el modo de hacer libre a su País. Eran unos cuantos jóvenes valientes, el esposo de una mujer liberal, y un cura de pueblo que quería mucho a los indios, un cura de sesenta años. Desde niño fue el cura Hidalgo de la raza buena, de los que quieren saber. Los que no quieren saber son de la raza mala. Hidalgo sabía francés, que entonces era cosa de mérito, porque lo sabían pocos. Leyó los libros de los filósofos del siglo XVIII, que explicaron el derecho del hombre a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía. Vio a los negros esclavos, y se lleno de horror. Vio maltratar a los indios, que son tan mansos y generosos, y se sentó entre ellos como un hermano viejo, a enseñarles las artes finas que el indio aprende bien: la música, que consuela; la cría del gusano, que da la seda; la cría de la abeja, que da miel. Tenía fuego en sí, y le gustaba fabricar: creó hornos para cocer los ladrillos. Le veían lucir mucho de cuando en cuando los ojos verdes. Todos decían que hablaba muy bien, que sabía mucho nuevo, que daba muchas limosnas el señor cura del pueblo de Dolores. Decían que iba a la ciudad de Querétaro una que otra vez, a hablar con unos cuantos valientes y con el marido de una buena señora. Un traidor le dijo a un comandante español que los amigos de Querétaro trataban de hacer a México libre. El cura montó a caballo, con todo su pueblo, que lo quería como a su corazón; se le fueron juntando los caporales y los sirvientes de las haciendas, que eran la caballería; los indios iban a pie, con palos y flechas, o con hondas y lanzas. Se le unió un regimiento y tomó un convoy de pólvora que iba para los españoles. Entró triunfante en Celaya, con músicas y vivas. Al otro día juntó el Ayuntamiento, lo hicieron general, y empezó un pueblo a nacer. Él fabricó lanzas y granadas de mano. El dijo discursos que dan calor y echan chispas, como decía un caporal de las haciendas. El declaró libres a los negros. El les devolvió sus tierras a los indios. El publicó un periódico que llamó El Despertador Americano. Ganó y perdió batallas. Un día se le juntaban siete mil indios con flechas, y al otro día lo dejaban solo. La mala gente quería ir con él para robar en los pueblos y para vengarse de los españoles. El les avisaba a los jefes españoles que si los vencía en la batalla que iba a darle los recibiría en su casa como amigos. ¡Eso es ser grande! Se atrevió a ser magnánimo, sin miedo a que lo abandonase la soldadesca, que quería que fuese cruel. Su compañero Allende tuvo celos de él; y él le cedió el mando a Allende. Iban juntos buscando amparo en su derrota cuando los españoles les cayeron encima. A Hidalgo le quitaron uno a uno, como para ofenderlo, los vestidos de sacerdote. Lo sacaron detrás de una tapia, y le dispararon los tiros de muerte a la cabeza. Cayó vivo, revuelto en la sangre, y en el suelo lo acabaron de matar. Le cortaron la cabeza y la colgaron en una jaula, en la Alhóndiga misma de Granaditas, donde tuvo su gobierno. Enterraron los cadáveres descabezados. Pero México es libre.”

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