¿Por qué lloran las hijas del presidente?

Por Víctor Hugo Ornelas

Durante el mensaje que ofreció el presidente Enrique Peña Nieto con motivo de su último informe de gobierno, su esposa, la actriz Angélica Rivera y las hijas de cada uno de ellos, Sofía y Regina se tiraron en un mar de lágrimas de tal forma que ofrecieron una escena que prácticamente puede resumir lo que fue el sexenio del mandatario. Sin embargo hay una pregunta que ronda la cabeza de miles de personas y es ¿Cuál es la verdadera razón del llanto de las hijas y la esposa del presidente?
La versión oficial dicta que las tres lloraron al estar conmovidas por el agradecimiento que les brindó Peña Nieto como parte de su discurso, aunque no me parece del todo creíble dado que los políticos tienen como regla principal mencionar a la familia para dar una buena imagen a los ciudadanos, así que ya deberían estar acostumbradas.
Tampoco creo que lloren por la situación de violencia que atraviesa el País o la cantidad de personas que no duermen tranquilos porque uno de sus familiares es parte de esa larga lista de desaparecidos. Mucho menos creo que puedan llorar por los millones de mexicanos que viven en una realidad mucho muy distinta a la suya y no porque sean malas personas, simplemente porque no son conscientes de todo esto.
Las tres susodichas fueron objeto de diversas notas periodísticas y su nombre recorrió el País, pero no porque durante los seis años de gobierno de EPN ellas pudieran contribuir a mejorar las condiciones del mismo, por el contrario, sus acciones les costaron varias críticas.
Angélica Rivera, “La Gaviota”, fue señalada por el que a la postre se convertiría en uno de los mayores escándalos de corrupción del Gobierno Federal, La Casa Blanca, una mansión de lujo que presuntamente adquirió con el dinero que Televisa le pagó durante su etapa de actriz de telenovela, aunque en definitiva las cuentas simplemente no cuadran.
Por otra parte, las hijas, han reflejado la gran brecha que existe entre los que menos tienen y la clase que acumula la riqueza en México, pues las chamacas presumieron sus viajes a París, el uso del avión presidencial, la contratación de un exclusivo tatuador para que las viniera a atender a México y por si fuera poco, una de ellas pasó a la historia por el famoso mensaje publicado en las redes sociales a través del cual llama ”prole” y “pendejos” a quienes critican a su padre.
Las hijas y esposa de Peña no pueden esconder el estilo de vida que llevan, un estilo de vida alejado de la realidad que enfrentan millones de ciudadanos en este País, algo que pasa con la mayoría de quienes integran la clase política, ahí tienen por ejemplo a Sergio Mayer, diputado por Morena, que así sin empacho dice que el sueldo de diputado no le alcanza para mantener su estilo de vida, o como los cientos de funcionarios que han pegado el brinco luego de saber que tendrán que bajarse el salario para no ganar más que el próximo presidente.
La realidad que vive la mayoría de la clase política está muy distante de la del ciudadano que para ir a trabajar y vivir modestamente, se debe salir de su casa a las seis de la mañana para subirse a una unidad de transporte público que desafía las leyes de la física – particularmente esa que afirma que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio en un mismo tiempo – para luego regresar por la noche y solo ver a su familia para despedirse antes de dormir.
Las aspiraciones de un ciudadano y un político son distintas porque las oportunidades que cada uno tiene en la vida también lo son, la clase política tiene privilegios para mandar a sus hijos a los mejores colegios y luego recomendarlos con sus amigos o simplemente cobrar algún favor para posicionarlos y mantener el estatus alto en la familia, y si no, pues hay los que se roban hasta los lápices y con eso tienen para construir negocios que puedan mantenerlos por generaciones. Las lágrimas de las hijas de Peña son tan distintas a las de otros ciudadanos que cuesta trabajo entender por qué lloran, a menos que los insensibles e incapaces de comprender seamos nosotros.

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