LOS MÉRITOS Y LEALTAD

Por Quirino Velázquez 

Tiempo de contar…

“El éxito es fácil de obtener. Lo difícil es merecerlo” -Albert Camus-

“La lealtad no depende de las circunstancias porque es de la permanencia de los principios” -Francisco Garzón Céspedes-

LOS MÉRITOS Y LEALTAD

El mérito es una palabra hermosa pero desafiante. El diccionario la define como la “acción o conducta que hace a una persona digna de premio o alabanza” y también como el derecho a obtener un reconocimiento. Pero no nos dice quién establece los parámetros para medir esas conductas ni quién otorga el premio o el reconocimiento. El mérito es una medida de comparación y un método de selección.
Hay que tener méritos para ascender en una jerarquía. Asumimos que un general ha acumulado más méritos que un coronel; que el doctor obtuvo el grado porque demostró tener más méritos que un licenciado; que un nivel III del sistema nacional de investigadores se distingue, por sus méritos, de un nivel I. Los méritos son siempre selectivos y son, a la vez, un medio de autoridad para quienes los conceden. ¿Pero cuáles son los méritos que debe acumular una persona para ocupar una posición de autoridad en el gobierno? ¿Cómo y quién ha de calificarlos y evaluarlos? Sería deseable que cualquier persona que aspire a ocupar un puesto público en los gobiernos de López Obrador, de Enrique Alfaro y Salvador Zamora, posean, al menos, una trayectoria de integridad indiscutible, conocimientos probados sobre el área que estará bajo su responsabilidad y un compromiso sincero con la agenda de los próximos gobiernos y particularmente con la gente, con las personas, a la que pretenden servirles.
En México no ha logrado consolidar sistemas de carrera para integrar las administraciones públicas de los tres niveles de gobierno, entre otras razones, por la ausencia de criterios suficientes para calificar el mérito desde un principio. El mayor intento se hizo en el año 2003, pero no prosperó. En vez de ayudar a la eficacia del gobierno la entorpeció, pues las oficinas públicas no lograron definir con claridad los méritos que una persona debía tener para acceder a cada puesto. Así que se inventaron sobre la marcha y se estandarizaron, tomando prestadas cualidades y competencias gerenciales de la administración privada. El resultado fue una calca de funcionarios que acreditaban méritos para ser buenos gerentes de un centro comercial, pero que desconocían las peculiaridades propias del cargo público que ocuparían.
Por otra parte, en el terreno político, la lealtad –como la gratitud– no debe ser vista como un bicho raro al que debe fumigarse. Aunque en la política tradicional, la lealtad es una mera ficha en el tablero, ésta sigue siendo un valor que nadie puede arrancarle al ser humano, pues no hay fuerza que la doblegue. La lealtad es un valor que viene con el hombre. La lealtad y la gratitud son siamesas, caminan entrelazadas para ir forjando un hogar donde la envidia, los codazos, las zancadillas, los perversos intereses y los indignos no pueden entrar.
Lealtad es fidelidad, franqueza, nobleza, honradez, sinceridad y rectitud. La lealtad no se puede confundir con la sumisión, adoración o adulación. La lealtad da independencia de criterio con la patria, con el partido, el líder o el amigo. Lo ideal, coinciden desde analistas, periodistas y politólogos con quien he podido charlar del tema, es que se demuestra la lealtad política en tiempos de crisis, no en la bonanza.
Vamos ahora a un nuevo ciclo (las nuevas administraciones públicas de los tres niveles de gobierno) que se enfrentará, inexorablemente, a ese dilema: la preferencia por los méritos políticos por encima de los profesionales (aun con la esperanza de combinar ambos), o la apuesta por buscar a los mejores entre la sociedad en su conjunto, mediante un proceso de selección que premie por igual el conocimiento técnico probado, la integridad ética, la identidad y la lealtad política.
La reflexión da para mucho más, pero no el espacio disponible. Añado solamente una idea: mientras no se entienda que la administración pública es, además del trofeo del voto y de la lealtad política, el lugar desde el que se gestionan los asuntos que nos atañen a todos, no podremos avanzar.
Bien lo decían el novelista, ensayista, dramaturgo, filósofo y periodista francés nacido en Argelia Albert Camus y el escritor, periodista, investigador cubano-español y a quien Julio Cortázar lo consideraba como “narrador oral maravilloso” Francisco Garzón Céspedes: “El éxito es fácil de obtener. Lo difícil es merecerlo” y “La lealtad no depende de las circunstancias porque es de la permanencia de los principios”.

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