El otro 19 de septiembre: desgracia, solidaridad y repudio a la clase política

2Por Aarón Estrada

No hay una explicación científica aún para comprender porque de manera repentina la Tierra se manifiesta, lo cierto es que cuando lo hace, nos cobra al doble lo que se le ha hecho. Múltiples desgracias, caos, crisis, tragedia y muerte. Pero también, cuando esta se manifiesta, es para hacernos entender, que hay algo que debemos de cambiar, de volvernos a sentirnos humanos, indefensos ante su grande y solidarios entre nosotros mismos.
Otra vez, como si se tratará de una sincronización perfecta -como es la naturaleza- un 19 de septiembre, la tierra habló a los mexicanos, cimbró con dos terremotos, con cuatro segundos de diferencia, causando con ellos múltiples tragedias, desgracias, el caos en las ciudades y las muertes por donde quiera, todas inocentes, las más tristes, la de niños que fallecieron atrapados por el techo de su escuela en la Ciudad de México.
Otra vez, la madre tierra en el centro de México cimbró como lo hiciera casi de igual manera la mañana del 19 de septiembre de 1985, hace 32 años. Pero nuevamente, la flor que dejaron esas ruinas fue la solidaridad de un pueblo, harto, pero a la vez preparado de tanta tragedia.
La organización vino desde abajo, de los del barrio, de los transeúntes, vecinos, comerciantes, de los ambulantes, quienes vieron con asombro como edificios que formaban parte de su vida cotidiana se vinieron abajo, adentro de ellos, personas, de distintas edades, incluso animales domésticos que también eran parte de ese entorno cotidiano de sus vidas. Tras el colapso la desgracia y la tragedia, nació la flor de la esperanza, de levantar las ruinas como fuera, con manos, propias, con herramientas rudimentarias para sacar aquellos otros, igual a ellos, que estaban a punto de perder la vida.
De inmediato, olas de ciudadanos, acudieron a esos edificios derribados -más de 60 en la Ciudad de México, Morelos, Puebla y Estado de México-, para sacar a sus semejantes, iguales. Esas dos primeras horas de rescate ciudadano a ciudadano, pueblo a pueblo, sin presencia de algunas autoridad gubernamental, fueron claves para que la cifra no superara lo más de 500 decesos, en estas entidades federativas.
Otra vez la participación ciudadana real -esa que no aspira a acceder al poder, sino contrastarlo en lo colectivo- reapareció en momentos donde existe un México quebrado en conciencia cívica, en falta de valores, principios y sensibilidad humana. Nuevamente fue una desgracia, un terremoto, la que sacó la raíz de estos que se pensaban estaba perdidos desde hace 30 años en nuestra nación.
Pero así como en 1985 se mostró una división clara de ciudadanía y clase política en catástrofes, otra vez, afloró el repudio a los políticos y los partidos -pese a que ya hay alternancia democrática- esa no ha sido la solución al hartazgo.
La ciudadanía en general ha comenzado a gritar fuerte que se quite todo el financiamiento público a las campañas de los partidos políticos para las elecciones de 2018 y que esa bolsa económica de 12 mil millones de pesos -según cifras del Instituto Nacional Electoral- se destine a levantar casas, escuelas, espacios públicos, reparar carreteras, caminos en general en los 10 Estados donde se dieron afectaciones por el terremoto del 07 y 19 de septiembre pasado.
No dar ningún peso a los partidos políticos para campañas, peso que sale de los impuestos de todos los mexicanos, es la demanda principal general del pueblo, mostrando su repudio a la clase política. La historia se repite de la mano de la voz de la Tierra que algo nos dice, a pesar de que aún no tengamos la suficiente humanidad para descifrar el mensaje que nos envía.

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