Peñita, Peñita

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Blanca Bravo

¿Cuál ha sido su suerte, mi muy querido tlajomulca, en esta semana? ¿Sigue sin ser parte de las estadísticas negras de esta nación? ¿No fue “levantado”, desaparecido, sobornado, víctima del abuso de poder o cualquier otra forma de irrespeto a sus derechos humanos?
En México, curiosamente, se considera, por parte de las autoridades, falta a los derechos humanos toda aquella ofensa en la que una dependencia de gobierno afecte a uno o varios ciudadanos. Claro que derecho humano es mucho más, pero la bendita  Comisión de los Derechos Humanos es lo que atiende – y medio lo hace-. Entonces, pues se esperaría que nuestro amado y dolido País fuera ejemplo de incorruptas prácticas burocráticas, legales y judiciales. Pero, ¿Qué cree? Pos que ni “máiz”; que estamos más jodidos que Antropólogo en olla de caníbal.
Nuestro flamante copetín de obsidiana con hilos de plata, léase primer “damo” de la nación (y es que ya no sé quién e$ quién en la pareja presidencial),  nomás no puede con el paquete de llevar, ya no digamos las riendas sino las apariencias de nuestro México. Todo se ha desbordado. El señor de Los Pinos  es un “reformerero” de escritorio, que digo de escritorio; de rodillas; alguien que no “conoce” la realidad de los de abajo, ni la conocerá. Desde su anquilosada perspectiva (dígase del adjetivo de estar bien tiesa (la perspectiva), raramente anquilosada para su edad, pero fácilmente entendible dada la visión priísta tradicionalista y anticuada a la que se ha empeñado en regresar esta patria nuestra, es fácil advertir que se ocupa de cuidar los intereses de unos muy pocos y de valerle madres la nación conformada por tantos. Reformas van y reformas vienen; anuncios pomposos de nuevas estrategias que terminarán en nada que no sea más que  pan con lo mismo. Peñita sigue sordo y ciego a la voluntad del pueblo que exige explicaciones para adultos y no juegos de frases a medias que sólo satisfacen o dan pretexto para fingirse satisfechos a los aduladores que invariablemente rodean al poderoso
Mucho es lo que el ejecutivo (sustantivo relativo al verbo de escabechar) habría de explicar antes de andar tratando de seguir dando atole con el dedo a quienes “hasta al jocoque le soplamos”. Ya no se trata de engatusar con discursos vacuos, se trataría, para no tronar más tronados todavía, de llegar al fondo de todo mal – y no me refiero al mezcal-  el asunto es asunto de fondo. Desde la declaración de guerra al narcotráfico por parte del Felipillo se dieron palos de ciego – concediendo que realmente quisiera abatir al crimen organizado- Nunca se llegó a la raíz del mal. Luchar contra la delincuencia, contra una mala economía, contra un déficit en el aprovechamiento energético, contra la pobreza, contra la hiperjodida educación o contra cualquier mal que usted y yo conocemos mejor que el chango en turno en los Pinos requiere de llegar al fondo de la corrupción que inunda todos los ámbitos gubernamentales, empresariales, educativos y hasta domésticos en los que nos movemos los mexicanos. No de casualidad cada año ocupamos uno de los primeros lugares en el “ranking” de los países más corruptos del mundo. La problemática de nuestra triste patria no se resuelve con ruedas de prensa, con declaraciones de primeras damas (y actrices), con anuncios en cadena nacional, ni con decretos infantiloides. Las broncas ya casi insoportables en nuestro terruño tan herido y carmesí se solucionan con gónadas y con una educación incorruptible mamada desde una cuna que parece que no ha albergado a Presidente alguno. ¿O usted qué opina?

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