Soñé ser perro

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#ColumnaDeOpinión por Blanca Bravo

¿Qué tal le va mi somnoliento Tlajomulca? ¿Duerme bien últimamente? ¿Sueña o “pesadillea”? ¿Descansa o se levanta “pio”, como molido a golpes y con la sensación de haber pasado por parajes oníricos del demonio?

He soñado, mi estimadísimo Tlajomulca, conmigo misma siendo una creatura majestuosa, que ama vivir en grupo, con una organización jerárquica perfectamente funcional. Siendo un ser de belleza extrema, de una ferocidad e instintos que la hacen autosuficiente y libre. Pero, el sueño no terminaba nada bien. En este sueño acabo siendo un ente totalmente desprotegido, dependiente. Degradadas mis características físicas, he terminado con mala vista, dificultad para respirar o para caminar; muy pequeña o demasiado grande; sin protección al ambiente y sumergido en un entorno del que, ni siquiera conservando mis instintos, pudiera obtener algo.

Creo, mi amado Tlajomulca, que, conociéndome, sabe lo que siento por los perros.  Son “la onda”, dirían los chicuelos, pero, más sabe lo que siento por la humanidad, por esa parte de ella que cree que es dueña del paraíso terrenal y que puede disponer de él como le pegue en gana y, claro, disponer también de los animales que en él habitan.

Una muestra de lo anterior es lo que la humanidad ha “logrado” con el lobo. Desde los antiquísimos momentos en que las manadas de estos animales seguían a las hordas de humanos en búsqueda de sus desechos y de sus animales domésticos y fueron perdiendo ese sentido de “ajenidad” y -maldita sea la hora- se dejaron domesticar… Todo “valió”.

El hombre ha manipulado la cruza de los lobos para lograr intensificar alguna característica que fuera de su interés. Al hombre no le importa lo que sufra el pobre animal. Imagínese que usted es muy bajito y lo obligan a tener hijos con una mujer bajitita y a sus retoños más minis los cruzan con otras parejas miniaturas. Acabarían siendo humanos “tacita de té”. O, mire usted; si el rasgo a agudizar fuera la “pelucencia” y se hace lo mismo, pero, para lograr que su descendencia sea una bola de pompones de pelos en un clima tan cálido como el nuestro. Piense igual para cualquier clase de animalito perruno.

La crueldad del asunto tiene más de una vertiente. Primero, el hecho de que jugamos a que los perros tengan el aspecto que comercialmente conviene. Segundo, que les estamos causando enfermedades o discapacidades endogámicas (o séase por reproducirse entre los “mesmos” parientes). Y, por último, porque lo estamos haciendo con seres indefensos que no tienen la oportunidad de opinar.

Los seres humanos, al igual que los canes, estamos atados a un ambiente “civilizado”; casi ninguno es capaz de sobrevivir en la nada. Pero, los humanos lo hemos decidido así y los perros no. El hombre ha modificado un ambiente del que conoce más; para el que se ha ido preparando culturalmente. El animal vive entre carreteras, automóviles, patadas, y pedradas (todos se sienten con derecho a golpeear a un can). Si bien le va, tiene sobras burbujeantes y fétidas de comida, no cuenta con vacunas, desparasitantes o esterilización.  Algunos son un lindo juguete cuando son cachorros, pero pierden el derecho de vivir con quienes ya aman por el simple hecho de crecer. Terminan en la calle o amarrados en un árbol en el cerro hasta morir de tristeza  antes que por deshidratación o hambre.

El día de ayer encontramos a una mujer, a pie de carretera, tratando de auxiliar a una perrita que había sido atropellada.  Era demasiado tarde; poco pudimos hacer. Sólo acariciarla y hablarle mientras moría. Sólo darle sepultura para que sus restos no sufrieran el peregrinar y las suciedades impudorosas sufridas en vida.

De sus antepasados lobos poco o nada quedaba en ella. El pelaje magnifico era suplido por una pelusa parda e irregular; su pequeño cuerpecillo en nada era el de una loba.

Sea como fuere, mi comprensivo Tlajomulca, qué haría un lobo desnutrido cruzando la Parra Centeno después de ser dejado a su suerte sin siquiera un poco de agua.

El hombre, pequeña hormiga en el universo, sigue soñando con ser el amo y modificador de sus señoríos, cuando en realidad se está convirtiendo en víctima irremediable de los propios actos que degradan a su propio hogar y a sus compañeros en éste: animales, plantas u hombres “de otra categoría”. ¿O usted qué opina?

 

 

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