El desprecio o el reconocimiento social

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Columna de opinión por Víctor Hugo Ornelas

Entre las posibilidades que tiene un servidor público de trascender en su labor existen dos, que lo haga con el reconocimiento de la gente, de sus compañeros y superiores, o que lo haga con el desprecio social, la animadversión de las personas y concluya su participación en algún gobierno con la cola entre las patas.

En ocasiones por ineptos, porque carecen de la aptitud para desarrollar la función que les fue encomendada, porque pueden llegar a carecer de eso que llamamos sentido común, o simplemente porque les vale “madre” su trabajo y no entienden el concepto de servir a la gente. El caso es que son muchos más esos que obtienen el desprecio de la gente, que aquellos que logran el reconocimiento.

Uno de los ejemplos más fehacientes de lo grotesco que puede llegar a ser el actuar de las autoridades, lo podemos encontrar en el caso de las tres indígenas que fueron acusadas de secuestrar a seis agentes federales armados, delito por el cual fueron encarceladas.

Suena bastante tonto el simple hecho de pensar que tres mujeres pudieran haber privado de la libertad a seis sujetos que recibieron adiestramiento policial, que estaban entrenados en tácticas de defensa personal, estrategias de inteligencia, acondicionamiento físico y que además se encontraban armados.

Absurdo e inverosímil lo antes mencionado, pero no lo fue en su momento para los agentes aprehensores, para el Ministerio Público que las procesó, ni para el juez que les dictó auto de formal prisión.

Este acontecimiento trajo como consecuencia una afectación directa a la vida de las tres mujeres indígenas que fueron privadas de la libertad por un delito que no cometieron, pero también afectó a sus familias que se quedaron sin una madre, sin una hermana, sin una hija, sin una esposa.

Afectó a la población a donde las mujeres pertenecen porque aprendieron que aunque no existan motivos, se debe temer a quienes ostentan el poder con la encomienda de hacer valer nuestros derechos, y afectó también a un sistema de impartición de justicia y la credibilidad en el mismo.

Lo que no pudo destruir este evento fue el espíritu de lucha de estas tres mujeres, que esta semana obtuvieron su libertad al demostrar que la historia de fantasía que el estado construyó con ellas como protagonistas, simplemente no era cierta.

La resolución del juez que determinó ponerlas en libertad tampoco es del todo satisfactoria, pues aunque a la par de su liberación ordenó una disculpa pública por parte de las autoridades que las mantuvieron privadas de su libertad, la realidad es que debería existir un actuar mucho más severo y no deberían permitir que ninguno de los Implicados en este caso, pudieran continuar desempeñando algún cargo público, ni actualmente, ni en un futuro.

Cuando un funcionario toma protesta jura respetar y hacer valer la ley, un compromiso que se les olvida al llegar a la oficina, personas mediocres que nunca entendieron que lo que obtienen con sus cargos son una serie de responsabilidades y contrario a ello se embriagan de poder y se convierten en seres viles que desarrollan astucia y potencial para buscar más poder, más dinero, pero no son capaces de darse cuenta que en sus manos tienen la posibilidad de ayudar, de mejorar las cosas y trascender como sujetos que merezcan el reconocimiento público y el aplauso de sus gobernados.

No se dan cuenta que con el simple hecho de hacer bien las cosas y de desarrollar de manera adecuada la tarea que se les encomendó, pueden convertirse en seres dignos de admiración y respeto, de un ejemplo para sus compañeros y para la gente.

No miden tampoco que su estancia en el poder es efímera, que dura tres, seis o nueve años, pero no más, que la vida, incluso la política, tiene ciclos y cada día representa uno menos para que el suyo acabe, y el día que eso ocurra, estarán de este lado, del lado de los decepcionados, de los golpeados por el hartazgo, de quienes no los verán como uno de los suyos, sino como uno de los responsables de las condiciones que padecen.

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