Qué celebrar a la Constitución

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Columna de opinión por Aarón Estrada

 El domingo se celebró el Centenario de la Constitución Política de México. La Carta Magna donde se desprenden las normas, leyes, conductas, divisiones de poderes de toda la Nación, los derechos de sus ciudadanos y cualquier mexicano, llegó a sus 100 años de vida, pero también en un momento crucial para replantear el País.

 Este Centenario llega, en un momento de severas crisis que atraviesa la nación en general. Como es en primer lugar la crisis de derechos humanos que se vive en todo el Estado Mexicano, el pisoteo a la soberanía nacional por parte del nuestro País vecino, así como la falta de aplicación de la justicia en todas las materias del derecho. El celebrar al documento que da orden al País, debería de ser el espacio propicio para retomar sus orígenes y restablecer el proyecto de nación establecido hace 100 años.

 Los pilares que se plasmaron en la Constitución de 1917, ahora son letra muerta. Las tierras ejidales ahora pueden ser compradas por empresas transnacionales, la educación cada vez es menos laica y gratuita; los energéticos, ahora otra vez, pueden ser devorados por capital extranjero, que decir de las minas, la producción de nuestros subsuelos y recursos naturales.

 En el plano social, en materia laboral, cada vez se protege menos al obrero y se favorece más a la industria; si hay avances, ha sido sólo en materia de derechos humanos y de fortalecer a otros poderes del estado, la autonomía municipal, pero esto a la par ha sido un balazo en los pies para la propia federación.

 Los analistas han señalado que el grave problema de nuestra Carta Magna, es el número de reformas y leyes que de ella emanan, lo que ha generado controversias constitucionales, pero sobre todo una claridad de idea a fin de proteger cada una de las leyes y artículos, este exceso de leyes, de visión reformista, ha dado espacios a varios legales de poder, pero sobre todo una falta de entendimiento del rumbo del Estado Mexicano idóneo para los mexicanos y su territorio. El más aproximado a estas críticas han sido Porfirio Muñoz Ledo y Jorge Carpizo Mac Gregor, estadistas constitucionalistas destacados de los últimos 30 años.

 Si hacemos un repaso por los 136 artículos mexicanos, más las 700 reformas que han tenido, se podría entender poco a claridad, cuales son los ejes rectores del País y hacia adónde va. Contrario a otras naciones, sus Constituciones han tenido pocas reformas, leves cambios, lo que ha significado grandes avances en materia de democracia, impartición de justicia, derechos humanos y división de poderes.

 Un ejemplo sencillo de esas constituciones, es la de los Estados Unidos de Norte América, poco movible en más de 230 años, una de las más longevas del mundo, pero a la par, la que estableció un pilar fundacional de un País y se sigue al pie de la letra en sus principios rectores en la actualidad.

 Los norteamericanos a comparación de los mexicanos, entendieron desde un inició el verdadero valuarte que era una Constitución como eje rector de todo su ser social en un territorio. En México se comprendió de manera diferente, se sigue viendo desde otra óptica y en estos momentos, la actual sociedad está pagando esos malos prejuicios de mover al antojo de cualquier gobernante en turno los principios rectores de un País y sociedad.

 Sobra decirlo, pero las celebraciones que se dieron a nivel nacional y en Jalisco, por el Centenario de la Constitución, cayeron nuevamente en la demagogia de la actual clase política, con discursos huecos fuera de contextos, ajenos incluso a la propia realidad nacional y de la Constitución actual que nos rige a todos los mexicanos.

 Es momento tal vez de otra revolución social, que dé pie a otra nueva Carta Magna, necesaria para un País que está perdiendo de manera acelerada y profunda su misión de ser como Nación, no saber a dónde vamos, ni porqué vamos para allá. O en todo caso un movimiento social, que regrese en lo fundamental a la columna vertebral que se trazó como País en 1917. Pero algo sí es seguro, no podemos seguir avanzando sin rumbo y sin destino final fijo.

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