“Desempala-gozado” día del amor

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Columna de opinión por Blanca Bravo

¿Cómo se siente usted mi amoroso tlajomulca? ¿Práctico, romántico o hasta cursi? ¿Cómo le pinta este “Día del amor y la amistad”? ¿Recibirá hartas tarjetitas, flores y se atrancará de chocolates y dulces en forma de corazón? ¿O usted la verdad cree que será de esos perros sin dueño a los que “naiden le echó ni un lazo”? Si así es, ni se apure que existimos personas tan amargosas que por voluntad propia le queremos huir a toda la melaza del 14 de febrero y al excesivo contacto físico “protocolar”(o séase de “a juerzas”) con otro ser humano. Mi psiquiatra dice que tengo ideas obsesivas; yo creo que soy algo romántica. Ahora verá por qué.

Piense mi estimadísimo tlajomulca en el amor. ¿Qué viene a su mente? Busque amor en imágenes de internet, sólo una de las 200 primeras imágenes, alude al amor filial, el resto son corazoncitos, manos entrelazadas, parejas mirándose o besándose y toda clase de juramentos de amor eterno. Pero, piense aún más y pregúntese cuál es la culminación del amor de una pareja, cuál es el ideal de dos que se aman. Si su respuesta es el matrimonio, ya tenemos de dónde agarrarnos para empezar la platicadita escrita del día de hoy.

La mayoría de nosotros no estamos seguros de cómo nació el matrimonio, pero pensamos que “haiga sido como haiga sido”, el matrimonio es un acto primordialmente amoroso. Lo anterior es ratificado por la odiosa imagen televisiva de la gringa llorando de emoción con el gabachito hincado proponiéndole matrimonio –Aunque tal unión dure un par de meses antes de terminar en divorcio- o por el consejo de las madres: “Debes de estar seguro o segura de amarlo mucho para soportar las dificultades del matrimonio”. Pero qué opinaría si yo le cuento que el matrimonio tiene muy poco tiempo de irse convirtiendo en “romántico”.

En el pasado, los clanes instituyeron el tabú del incesto y empezaron a intercambiar mujeres de clan a clan para crear relaciones entre ellos, que ya no fueran simplemente las consanguíneas. Cuando un clan proveía de esposas al otro hacía nexos de gran utilidad diplomática y económica. Allí nació el parentesco político. De ahí para adelante el matrimonio en todas sus formas y sabores, ha sido un contrato, que varía según la cultura, pero que casi siempre ha sido un encaminamiento de la sexualidad y la reproducción sellado por la religión. El matrimonio, como lo conocemos ahora “que’s que” por amor, es un asunto relativamente nuevo. Antes las parejas se amaban porque se casaron, ahora se casan porque se aman. ¡Toooodo cursilería! Y si usted cree que en nuestra cultura occidental la cosa está cambiando, que por tanta unión libre, que por tanto divorcio, que por la anticoncepción; le diré algo: estos tres fenómenos son los más cursis del “mundo mundial”.

El valor del amor es tan exaltado que se dice que no “ocupa” un papelito pa’ existir. De igual modo, se tiene la ilusión de que es tan glorioso que mantiene a la pareja en un estado de felicidad “mariguánico” por lo que, en cuanto este estado se interrumpe, se tiene que terminar la relación y buscar la que sigue ¿O qué no está el mundo lleno de divorciados volviéndose a casar? Se busca pues al amor y no al ser “amable”, a la persona. Por otro lado, los hijos se han racionado, porque el niño ya no es un trabajador más que ayude en el campo o unas manos más para atizar el fogón. Ahora los hijos son, en el imaginario general; fuentes de ternura, de amor, seres por los que se está dispuesto a trabajar y a ofrendar la vida. Así pues, se habrá de tener menos descendientes para “darles todo”.

Como usted lee, mi cursi tlajomulca, “estos tiempos modernos” descansan en un lecho de algodón de azúcar rosa. Los discursos de tanto chango que presume de “librepensador“, porque vive arrejuntado en un convenio de acuerdos prácticos y fríos, de quien lleva cinco matrimonios, porque no cree en uniones eternas y de los que no traen hijos al mundo, porque no tienen vocación y su independencia es primero, no son más que palabras más enmieladas que manzana empalada o muégano en cine antiguo. Los “modernos” no se sacuden lo cursi; en realidad se pasan de azucarados ¿Si andan bien o mal? Yo qué sé. Nomás traigo el temita a la mesa pa’ desempalagosar el ambiente “cursilíneo”. ¿O usted qué opina?

 

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