Desde la Villa de los melones

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Columna de opinión por Blanca Bravo

¿Cómo está usted mi muy conocedor Tlajomulca? ¿Cómo le anda pintando este convulsionado mundo? Mundo de arribos y de decesos; de gozosas venidas y dolorosas idas. Bueno las venidas siempre son ricas, pero las partidas no siempre son sufridoras.  A veces, hay quienes gozan con una “juida” y más si no es la propia. Y se lo digo como una simple y sencilla opinión de una simple y no tan sencilla servidora. Soy, como todos, experta en poco e ignorante en mucho.

La semana pasada sufrimos/gozamos- usted decida- la pérdida de uno de los grandes personajes de la actualidad, Fidel Castro. No traje el tema a discusión la anterior columna, pos, primero, porque ya tenía hecha la “escribancia” de esa edición, y segundo, porque ya sabe que en lugar de gustarme pensar en lo que pasa, yo prefiero repensar lo que pasa con lo que pasa. Le explico: los hechos son que Don Fidel murió y muchas fueron las implicaciones de ese acontecimiento, políticas, económicas y sociales.  Y, uno de los “hechos sobre los hechos” es la manera en que la gente opinaba al respecto. ¿Se fijó cómo lo hacían? Todo mundo era experto o en la gran pérdida que esa muerte representaba para el mundo o en la ganancia que ella rendía. Tooodos se las sabían de todas, todas. Había hasta quien criticaba que la gente estuviera a favor o en contra de la petateada del General (como si su opinión cambiara algo). Y usted dirá “pues tú andas haciendo lo mismo” y, yo le contestaré “pues fíjese que no”. Queridísimo amigo, yo no escribo – nunca lo haré- qué está bien o qué está mal. No soy quien para hacerlo. Yo sólo sé que no sé nada.

Estimado amigo y estimada amiga Tlajomulcas, existe un término que se usa para adjetivar a las personas con ciertas características. La palabrita se usa mucho en contextos de fiesta taurina, de futbol, de teatro y otros espectáculos: villamelón. La historia de esta curiosa palabra empieza en España, donde por ahí de los siglos XVIII Y XIX se dio por llamar melones a quienes consideraban tontos, definición que aún conserva el diccionario. Luego, la picardía del pueblo creó el ficticio pueblo de Villamelón, de donde provendrían estos personajes con mote de fruta que, siendo rústicos e ignorantes, intentaban incorporarse a la “culta” sociedad española de aquel tiempo. Cuando alguien, queriendo hacerse notar, externaba opiniones evidenciando su ignorancia, solía decirse: “Éste viene de Villamelón”.

Los villamelones empezaron a ser mencionados en una evista taurina de España, luego en publicaciones mexicanas y, así, a todo aquel tarugo que gusta de andar dando opiniones “expertas” de temas que desconoce se le tiene hoy por un villamelón.

¿Cuántos villamelones conoce usted? ¿Cuántos de ellos no pudieron dejar pasar de largo la oportunidad de opinar sobre la muerte de Fidel Castro?  ¿Cuantísimos no pueden dejar ir la chance de opinar de fut, de educación de niños, de gobiernos y gobernantes, de moral y ética, de religión, de cuanta madre … abnegada se encuentran frente a sí?

¿Quién carajos dice que tenemos la obligación de saber de cuanta “chintrolera” se toque en un noticiero o en una conversación? ¿ Cómo en dónde dice que tenemos que contestar siempre a la pregunta de “usted qué opina de…”? ¿por qué “jijos” hemos de saber siempre algo sobre todo?

¿ Y qué si no tengo pinta idea del impacto real de la dictadura castrista en Cuba? ¿Qué pasa si no tengo un primo de un amigo que visitó la isla y se dio cuenta de todo el “bisne”? ¿Se acaba el mundo si no sé del sistema de educación o los avances médicos de los cubanos o de sus carencias? ¿Qué, con un demonio, si no tengo una opinión sobre el impacto del nuevo Presidente de EEUU en México o sobre la regulación de la prostitución o de las consecuencias de la carne de pollo en la salud de las mujeres en edad fértil o de la impronta histórica de la colonización de Marte?

¿Qué pasa si no tenemos opinión de algo por la simple y bella razón de que nos importa un kilómetro de cacahuates puestos en filita?

Mi estimadísimo y estimadísima tlajomulcas, usted opine de por qué las estrellas ya no brillan tanto, de por qué los nisticuiles ya no son tan curativos o de cómo se baila un trompo “enlauña”. Platique de su platillo favorito o de la canción que le cosquillea los pies o el alma. Opine de lo que ame, de lo que odie, de lo que usted por decisión personal ha querido apropiarse; de lo que la vida y experiencias le han introyectado por los poros o … de nada; usted decide ¿o usted qué opina?

 

 

 

 

 

 

 

 

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