“Retrato de una niña triste”

jose octavio

Columna de opinión por Octavio Guevara

Olivia Zúñiga

En el siglo XX son muchas las mujeres que participan en revistas y en periódicos con trabajos de su autoría, entre éstos destacan cuentos, poesías y artículos destinados de manera prioritaria a la mujer. Algunos de los libros publicados por mujeres son: Bertha de Livier de Navarrete; Inquietudes y Prisión distante de María Luisa Hidalgo; Cosecha, Musgo y En el final del cuento,  de Chayo Uriarte, que sin ser de Jalisco,  publica la mayor parte de su obra aquí;  Poemas de provincia y Sonetos de Primer entusiasmo de Beatriz Ofelia González;  Cementerio de Pájaros y Dos cantos de la escritora colimense Griselda Álvarez, y, para no alargar demasiado la lista, Olivia Zúñiga con algunos libros de poesía y de novela: Amante imaginado, (1947); Retrato de una niña triste, (1951); Antología universal de lecturas infantiles, (1953); Los amamantes y la noche, (1953); Entre el infierno y la luz, del mismo año que el anterior, y, su relato La muerte es una ciudad distinta, (1959), considerado no como una novela en el sentido estricto de la palabra sino como una simple fantasía de la escritora donde se describen diálogos, lecturas  y discusiones sobre política.

Aunque la producción literaria de todas las escritoras resulte a simple vista abundante, la mayoría carece de originalidad; sin embargo, eso no impide que sean estudiadas como parte de un proceso importante, no sólo en la historia de la literatura jalisciense, sino en la del país. La producción literaria de Olivia Zúñiga sobresale a la mayoría de sus compañeras generacionales; quizá esa es la razón por lo que  su biografía aparece  en el Diccionario de escritores mexicanos de la UNAM, en la Antología de escritores jaliscienses de Sara Velasco, y en la obra colectiva de Jalisco desde la Revolución. Recientemente, la secretaria de Cultura de Jalisco reeditó un volumen de las novelas autobiográficas de Olivia Zúñiga, siendo prologado por Paula Alcocer, quien sostiene que las novelas de la escritora merecen ser rescatadas del olvido.

Olivia Zúñiga, quien un día 21 de agosto pero del año 1916 vio por primera vez la luz en este mundo.

Nació en Villa Purificación. Su padre fue el General revolucionario Eugenio Zúñiga Gálvez, quien ha dado nombre a Tlajomulco de Zúñiga, y su estatua de cuerpo entero en bronce, se encuentra en la Plaza principal. Su madre Trinidad Correa González Hermosillo. A Olivia la recogió su tío sacerdote, el Pbro. Rafael Guillermo Correa González Hermosillo, desde que ella contaba con dos o tres años, y se la llevo a vivir a Tenamaxtlán.

Todos sus estudios los realizó con una maestra particular, la Señorita Crescencia López, en un lapso de tres años. Después se dedicó a devorar la biblioteca del curato, la de su tío, tutor y padrino, sin dejar volumen en el olvido. A la edad de 14 años, la descubrió Lázaro Cárdenas y se la llevo como trofeo. En 1938, Arturo Rivas Sainz le dio clases de gramática en el Museo Regional. Ella se consideraba autodidacta. En 1942, vivió en la Ciudad de México y estudiaba arte dramático con Seki Sano. Entre sus compañeras se encontraba a Rita Macedo. Fue en esa época cuando comenzó a escribir obras teatrales, a iniciativa de su maestro. Simultáneamente era la esposa del gobernador de Oaxaca: Heliodoro Rojas, su segundo marido, quien dirigió ese estado entre 1940 – 1944. A él le tenia miedo; ya que odiaba que leyera, le arrebataba los libros y se los destruía. Tuvo dos hijos, un varón quien la acompañó en sus últimos años, tras de divorciarse y una mujer.

En los años cincuenta y sesenta colaboró en las revistas tapatías Ariel, El Caetera, Suma y Xalixtlico y en las metropolitanas Fuensanta y México en la Cultura.

En 1959 la novela La Muerte es una Ciudad Distinta, siendo su tercera narración de largo aliento y característica de su obra que es sin excepción autobiográfica, pero definitivamente, escrita con gallardía y amenidad. Fue una magnífica escritora, así como una incomparable conversadora: manejaba el verbo con fluidez y galanura. En 1962 Mathias Goeritz, único ensayo que elaboro y fue traducido al inglés. En 1969 para el libro del Arq. Víctor Manuel Villegas El panteón Romántico de Guadalajara, dejó varias poesías en torno a la muerte. Se imprimieron con su propia letra, puntiaguda como las de las alumnas del Sagrado Corazón, donde jamás estudió. El mismo año (1969) publicó otro poemario: Hasta el grano de luz y dejo uno más inédito que habría de titularse El Hijo. Además fue constante colaboradora, a lo largo de muchos años, de Excélsior, «Suplemento» de Novedades y El Nacional. Olivia, mujer de profunda sensibilidad, de múltiples facetas, de muy rica personalidad y que acumuló experiencias sin gazmoñería ni miedos, en una época que poco se prestaba a ello por ser hipócrita y farisaica (Magdalena, González Casillas).

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