El arte del ocio

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#ColumnaDeOpinión por Blanca Bravo

¿Cómo le va mi muy trabajoso Tlajomulca? ¿Qué tal se torea a los chamacos o qué tal se lo torean a usted si anda en edad escolar todavía o si es trabajador educativo? y es que siendo tiempo de vacaciones escolares anda el reguerete de gente nomás viendo a ver qué hace o qué hacer con los que no hallan que hacer.

El ocio se define como “el tiempo libre de una persona. Se trata de la cesación del trabajo o de la total omisión de la actividad obligatoria. Podría definirse el ocio como el tiempo de recreación que un individuo puede organizar y utilizar de acuerdo a su propia voluntad. Esto no solo excluye las obligaciones laborales, sino también el tiempo invertido para la satisfacción de necesidades básicas como comer o dormir.”   O séase que si usted es ladrillero, su tiempo de comida no es tiempo de ocio, es tiempo de satisfacción de una necesidad básica. Igual, si usted es madre de infantes y se toma quince minutos para cabecear en lo que toman la siesta los demonios… digo los angelitos. Eso no es ocio es tiempo de recuperación de carga de emergencia.  El ocio es un placer al que todos los humanos deberíamos de accesar por derecho, por salud mental y por hedonista placer.

Mi tía Pachita del Perpetuo Socorro del Martirio de Jesús, siempre insistía en que “el ocio es la madre de todos los vicios” pero, ¿será cierto? ¿Es que el ser humano siempre que está en libertad opta por el “camino del mal”?

Cuando se dice que alguien hace lo que le da su gana, esto no suena a que ha de andar en misa o que fue a hacer trabajo comunitario, a que anda rescatando perros o a que se fue a juntar bote “pa’l kilo” hacer lo que a uno le da la gana es una forma breve de definir ocio. ¿Usted, mi adorado Tlajomulca, qué hace cuando hace o que le da la gana? ¿Acaso tiene oportunidad de hacer, alguna vez, lo que le da la gana?

La libre elección de las actividades durante el ocio está relacionada con la elección del quehacer, pero… ¿y si su decisión tiene que ver con el no quehacer? ¡Qué tiznados!

Mire usted, por ejemplo, mi marido colecciona cactáceas y plantas exóticas africanas; le dedica tiempo, dinero y esfuerzo. Ama las horas que usa en esto, pero la pregunta de las personas que descubren esta afición en él es siempre la misma:  “¿Y las vende?

Estamos sumidos en una sociedad meritocrática en la que se nos exige conquistar títulos académicos, puestos laborales, estatus socioeconómico. En una sociedad donde la exigencia de alcanzar “éxitos” nos condena a la constante laboriosidad, a la eterna “lamebotariedad”, a la eterna correteada de las metas… pero ‘onde queda nuestro descanso, nuestro  derecho a no hacer nada productivo. Nuestro derecho a hacer cosas que no den frutos intelectuales, monetarios… medibles.

¿Dónde está perdido nuestro derecho a no hacer nada?

¿Por qué el niño tiene que usar sus vacaciones en mil cursos de verano? ¿Por qué si se queda en casa tiene que ver un programa educativo en tv o por qué habrá de levantarse igual de temprano que cuando va a clases “por disciplina”? ¿Por qué el joven o el adulto tiene que ir a un curso especial o por qué habrá de “salir” de vacaciones a algún lugar de esos a los que todos corren dejando la ciudad o el pueblo calmado y convirtiendo la playa o el bosque en el ahora atestado destino que’sque de descanso?  ¿Por qué perversa razón el ocio no es lo que se supondría es? ¿Por qué se convierte en otra obligación de forma y modo?

Mi muy querido Tlajomulca, reivindiquemos el ocio. Hagamos lo que nos dé la gana sobre todo si lo que nos da la gana es hacer nada.  ¿O usted qué opina?

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