Nada importa. Hace mucho que lo sé

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#Columna: Blanca Bravo

¿Descansó mi estimado tlajomulca (al menos de mí y de esta columna)? ¿Viene de regreso a la vida laboral o escolar con fuerzas renovadas y ganas de vivir o de plano está cansado de vivir una vida que no va a ningún lado?

“Nada importa. Hace mucho que lo sé. Así que no vale la pena hacer nada. Eso acabo de descubrirlo”, dijo el personaje adolescente del libro “NADA” de Janne Teller, el día en que de camino a la escuela decidió mejor subir a un ciruelo, sentarse en una rama y dejar definitivamente de asistir a clases. “Se estudia para poder trabajar, luego se trabaja para un día descansar. ¿Por qué no mejor empezar desde ahora?”, gritaba Pierre Anthon a sus compañeros de clase desde su rama.

Cada día tenía algo nuevo qué decirles para demostrar que nada valía la pena en la vida ¿Para qué esforzarse por algo si al final todos moriremos igual? La riqueza, el prestigio, el reconocimiento y el conocimiento; todo es fingimiento acordado entre todos para no admitir lo poco importante de nuestro paso por este mundo. De hecho, el universo mismo sólo es un cúmulo de cuerpos celestes y de fenómenos que en un “corto” tiempo terminarán comprimiéndose hasta terminar en nada.

En el fabuloso cuento de Teller se relata cómo los compañeritos de Pierre empezaron a entrar en ansiedad y furia ante las declaraciones tan desoladoramente ciertas del muchacho y decidieron reunir cosas llenas de significado que demostrarían la importancia de la vida. Los objetos fueron desde los más aparentemente superfluos hasta otros escalofriantemente obscuros.

¿Usted qué cree mi importantísimo tlajomulca? ¿Vale la pena la vida? ¿En el cuento de Janne Teller quién sería usted? Pierre Anthon amargosamente realista, viendo la vida del ser humano a largo plazo y en conjunto, o sería alguno de los adolescentes que se propusieron demostrar que la vida tenía su importancia en los objetos que simbolizan creencias, apegos, cualidades y fama. No me diga, eso sí, que usted sería como los adultos de la historia que permanecían apartados –Ni pa’ Dios, ni pa’ el diablo– porque yo, como cuentan que El Señor dijo: “…calientes o fríos, porque tibios los vomito”. Y es que en esta vida, sea como sea, uno no puede perder el tiempo en la indefinición y estoy segura que por muy “Pierre Anthoniado” que ande uno, siempre habrá algo que le signifique un por qué vivir.

Piénsele. Qué objeto sería el más lleno de significado para usted. No me malinterprete y crea que la cosa que le pido que elija tiene un peso de valor material (aunque así lo parezca). Yo estoy hablando de un elemento tangible que tenga un significado que no se puede palpar físicamente. ¿Cuál sería su tesoro y por qué? ¿Su dinero porque ese montón de fierros o de papeles inventados por la sociedad significan que usted ha logrado mucho en la vida aunque, a veces, lo único que usted posea es un número de cuenta escrito en un papel de banco? ¿Sería su prestigio vertido en un diploma, en un título universitario, en un recorte de periódico, en un disco, en un libro, en un rumor porque eso, “dicen”, le da otro nivel en el escalonado social? Tal vez, serán sus ropas porque ellas cuentan “quién” es usted: rico, pobre, hombre, mujer, patrón, servidor, etc. Probablemente, su objeto de apego sea la imagen esa tan milagrosa en la que usted calma la incertidumbre ante la pobreza, las enfermedades y la muerte, o sea el primer zapatito de su hijo quien para usted es la vida. También existe la posibilidad que su elemento más preciado sea una parte de su cuerpo. Aquella que le da más placer o la que estuvo a punto de perder en un accidente o la que se pudre en quién sabe dónde después de ser amputada a causa de una enfermedad.

El libro NADA, como la vida misma, nos da la posibilidad de escoger cómo vivir. No es lo mismo “empezamos a morir desde que nacemos” que “pa’ morir nacemos”. Es verdad que todos acabaremos como cuerpo muerto reintegrándose a la naturaleza y abonando a otro ciclo de vida, pero eso no impide que vivamos este pequeñísimo momento de existencia llenos de ganas y disfrutando de cada momento-objeto. Aún si usted es, como yo, más Pierre Anthon que disfrutador del presente, puede deleitarse – sufrir- en la consciencia de finitud (“acabancia”) de nuestra vida y encontrar en esto el sentido de la vida. ¿O usted qué opina?

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